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El Ecuador de todos


Por Raúl Guarderas



Al Ecuador hay que conocerlo a fondo. Son 24 provincias que ofrecen muchos atractivos y gran parte de ellos son naturales. Tenemos una gran variedad en geografía, climas, ecosistemas y geología, pero también pueblos, historia y procesos por los que ha pasado nuestra tierra, dentro de estos 256.370 km2 de superficie, entre socioculturales, económicos y naturales.


Se discute en estos días la importancia de conservar un hito del patrimonio moderno de la capital, el Hotel Quito, que abrió sus puertas por primera vez en agosto de 1960. Hito, en efecto, por varias razones urbanísticas, morfológicas y el valor de la obra construida como un modelo de transición hacia un nuevo país. Un aspecto que sobresale es que, tras un fallido encuentro latinoamericano que debía darse en Quito, esta infraestructura hotelera se materializó y se convirtió en el paso obligado del turista internacional hacia las Islas Encantadas, con el boom respectivo del turismo insular, principalmente del mercado norteamericano.


Galápagos era casi desconocido y parte de un país disociado al que incluso la guerra con nuestros hermanos peruanos nos situaba como un país desenlazado y aún por consolidarse.

Entre los años 60 y finales de los 80, esa receta del destino Galápagos funcionó bien. A través de las primeras agencias y operadoras turísticas, Quito recibía a viajeros a los que, en esa corta parada, se les ofrecía un destino creado o postizo—si cabe la figura—de pararse sobre una línea imaginaria, y casi desconociendo otros valores. Es el caso de un centro histórico único en los Andes que tendría la UNESCO que avalar para que los ojos miren con más objetividad a la carita de Dios y su posterior conservación y revaloración. También los alrededores de la ciudad, sus áreas naturales y sus volcanes.

Con advenimiento del petrodólar, las ciudades de los Andes ecuatoriales y el puerto principal crecen y se ven los primeros rascacielos y centros comerciales. Noveleros como somos, el turista ecuatoriano se aventura a cruzar fronteras, sea por la inquietud, noble e incuestionable, de viajar, o quizá por regalo de progenitores o miembros de familia, abriendo los ojos a hacerlo a los países cercanos o al viejo continente. Hoy en día, son destinos con hordas enormes de turistas, los mismos que la pandemia está actualmente mutando y poniendo en cuestión. Si bien representaban una minoría, era muy común ver aviones llenos de portadores de pasaportes ecuatorianos con destino a la Florida.

Los 90, cambio de siglo y sus 3 primeros lustros, ven un florecer de ese diamante pulido, las Islas Galápagos, que también empiezan a valorarse internamente por su exuberante biodiversidad y belleza, con la creación de organismos de control y de un ministerio rector del turismo, resultado de recibir a millones de turistas.

La crisis bancaria del 99 haría que, por miles, los ecuatorianos migren y se muevan por el mundo. La nueva unidad monetaria permitió que se nos visibilice como un lugar estable, donde florecían ofertas de otros destinos dentro del territorio que el turismo internacional demandaba—la Amazonía, la Costa, las bondades culinarias, fiestas populares y puntos calientes de la biodiversidad—creándose la ecuación propicia: las islas encantadas y el continente.

Con estas nuevas propuestas, el país se abrió al turismo científico, de congresos y convenciones, de cruceros, turismo espiritual y cultural, e incluso como destino de bodas y romance. Asimismo, mejoró la infraestructura hotelera y en parques nacionales, también mejoraron las carreteras; por ejemplo, la latitud cero se convirtió en la parada segura de los campers o moto viajeros. Eclosionó el turismo comunitario, vivencial y otros. Los destinos rurales, maravillosa opción que, si bien creció, aún carece de apoyo por parte de los entes rectores, también son potencia y los conocen más los foráneos que los locales.

En definitiva, nos falta un componente importante, un engranaje crucial que aún no se notaba o que faltaba, y es el turismo nacional. La excepción marca la regla, pero los ecuatorianos conocemos muy poco de nuestro país, no recorremos sus hermosos recodos, parece no interesarnos. No nos hemos adentrado en sus inquietantes meandros geográficos, o realidades culturales únicas que nos identifican; incluso, no hemos degustado todas sus deliciosas recetas.

Las comparaciones suelen ser injustas, pero España y México, entre otros, han apostado a su turismo interno, y hasta antes de la pandemia, en estos dos países, representaba casi el 80% del pastel.


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